ZOOM: El museo como herramienta parte 2

Por Analia Bernardi
Editora Florencia González de Langarica

El Museo como herramienta
Continúa de parte 1 (ver)

DOS. Comprender es traducir

“sin preguntas, las respuestas se atontan” (1)

Además del cansancio del viaje, la ansiedad por venir al museo y la curiosidad que se enciende luego de atravesar el portón de entrada, los niños y niñas traen consigo (acaso sin darse cuenta) sus intereses, energías y preocupaciones, sus conocimientos, historias familiares y miradas. Y todo esto también es un ingrediente de la visita.
Así están quienes se apartan del grupo para seguir la trayectoria de las hormigas y quienes levantan la mirada para ver una bandada de palomas que de pronto irrumpe en medio del cielo. Están también quienes sienten temor de transitar por un espacio con signos de abandono, y quienes no paran de correr de un lugar a otro en busca de alguna estructura a la que puedan treparse y saltar. Están los que imaginan historias fantásticas de dragones y monstruos cuando nos preguntamos qué pasaba adentro del castillo y quienes no pueden pensar en otra cosa que lo que tiene que ver con su vida cotidiana.

El otro día, por ejemplo, nos visitó un grupo de chicos de Mayor Buratovich, una localidad cercana a Bahía Blanca cuya principal actividad económica hoy es la producción de cebollas. “¿Qué se fabricaba en el castillo? ¿Qué traen los trenes y guardan los elevadores?” la conclusión era la misma: ¡cebolla!
La experiencia educativa se sostiene en un ejercicio constante de comparación y traducción, de cercanía y distanciamiento. Relacionamos lo nuevo con algo ya conocido, ya visto, ya vivido. Contrastamos en qué se parece, pero también qué aspectos son los que lo diferencian.
Chicos y chicas de la Escuela Primaria N°78 con una llave de dos bocas proveniente de los talleres ferroviarios Bahía Blanca Noroeste. 
Nuestra tarea como educadores o facilitadores es estar atent*s a cómo niños y niñas se relacionan con el espacio, con los objetos, con las personas; cómo miran y cómo se comportan, qué conexiones establecen, qué llama su atención y qué pasan de largo, qué les plantea una duda o una inquietud. Sólo a partir de reconocer esos procedimientos afines al “aprendizaje por selección libre” (2) es que podemos mediar entre ell*s y “la agenda” del museo. Es decir, agregar una información nueva, proponerles comparar el peso una maza de cartón y “una de verdad” o indagar cómo se las rebuscan un día de calor en una ciudad que tiene prácticamente vedado el acceso al mar, estando al lado de este. Porque en definitiva lo que estamos ejerciendo es nuestra capacidad de interactuar con otr*s, de comunicarnos, de poner en diálogo - entre dos- aquello que cada un* quiere y tiene para decir.

TRES. Suspender las identidades 
“la mentira no está en las palabras, está en las cosas” (3) 

Estudiantes de la Escuela Secundaria Básica N°2 junto al “amigo del taller” Roberto Orzali, marino mercante y protagonista de la obra de teatro documental Flying Fish. 

La visita al museo constituye una experiencia de alteridad en la medida en que habitamos un espacio distinto, nos vinculamos con personas que no conocemos, activamos el cuerpo de modos diferentes a los habituales (al menos en ciertos contextos, como la escuela). Por un rato, somos un poco otros. 
El pasado mismo también se presenta como alteridad. Herramientas que parecen de gigantes, rostros que no impostan la sonrisa para salir en las fotografías, piezas extrañísimas que sólo un genio podría haber inventado. “Eso no soy yo, eso es algo distinto a mí, no se parece a lo que conozco”. Y sin embargo el hecho de que estemos ante todo eso, nos invita (casi que nos conmina) a tejer un lazo.

Pero vincularse con “el otro” no es nada fácil. No al menos desde un lugar abierto, desprejuiciado y empático. Se necesita tender puentes y a veces, paradójicamente, es la extrañeza lo que acerca. La presencia y posibilidad de interacción con “los amigos del taller”, colaboradores fundamentales del museo que no hablan como dando cátedra, que cuentan historias del trabajo en el ferrocarril, del puerto y la usina tan increíbles que parecen fantásticas, y que en el medio de sus relatos te cantan un tango. Acaso es lo que permite enlazar de alguna manera este presente con otros tiempos, incluso los más remotos. Es como si imaginariamente constituyeran una parada intermedia, una puerta de acceso, un diccionario. En ese sentido, sus anécdotas “de primera mano” permiten que chic*s y adolescentes permeen en la dimensión del tiempo y reconozcan ciertos procesos históricos que antes leyeron en manuales o desarrollaron en clase. Porque más que grandes análisis y teorías, lo que nuestra memoria “aprehende” más bien son los detalles.  

Pero además, la incorporación de estos “personajes” durante los recorridos por el museo, a veces especialmente programadas (como cuando pautamos una “demostración” de cómo se trabajaba con la bolsa de cereal o la puesta en escena de algún fragmento de las obras de teatro documental (4) y muchas otras espontáneas (porque nos visitan a diario y sienten al museo como su casa) pone en jaque la idea de que en una visita a un museo sólo intervienen o guían “los especialistas”. Se suspenden las identidades, los rótulos que dicen que somos “adultos o niños”, “mujeres u hombres”, “trabajadores o jubilados”, “graciosos o formales”. Sin querer queriendo, se pone en acto un corrimiento que para nosotros en el museo también es “una lección”: la idea de que un trabajador nunca es sólo un trabajador sino que también es lo que piensa y come, la música que escucha y las cosas por las que lucha. 

***
Es así como en las visitas por el museo sucesivamente atravesamos capas y más capas. De afuera hacia adentro; de hoy hacia ayer; de lo evidente a lo (pre)supuesto, de mí a vos, y viceversa. Durante las casi dos horas que dura una visita, nos desarmamos, mezclamos nuestras herramientas (e identidades) y nos volvemos a componer. Y si el clima nos acompaña, terminamos la visita compartiendo un mate debajo de la palmera y los pinos del parque. 


Algunas lecturas 
Calvino, Ítalo, Las ciudades invisibles, Buenos Aires, Minotauro, 1984.
Montes, Graciela, “El bosque y el lobo. Construyendo sentido en tiempos de industria cultural y globalización forzada”, en La Mancha. Papeles de literatura infantil y juvenil Nº 14, Buenos Aires, mayo de 2001.
Dierking, Lynn D., "Las familias, los adultos y los niños en entornos de aprendizaje de selección libre" en Simposio Internacional de Educación en museos. La aportación educativa de los museos a la sociedad. Museo de Arte de Ponce, Puerto Rico, 2009, p.1. Disponible en
http://fannyrabel.weebly.com/uploads/5/0/9/4/5094640/simposium_publication_map_nuria
_sadurni.pdf
Rancière, Jacques, El maestro ignorante. Cinco lecciones sobre la emancipación intelectual,
Barcelona, Laertes, 2003.
Tabakman, Silvia (coordinadora), Objetos guardados, objetos mostrados. La visita escolar al museo, Buenos Aires, Biblos, 2011.

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Nota (1):  Graciela Montes, “El bosque y el lobo.Construyendo sentido en tiempos de industria cultural y globalización forzada”, en La Mancha. Papeles de literatura infantil y juvenil Nº 14, Buenos Aires, mayo de 2001, p. 3.
Nota (2): “El aprendizaje por selección libre describe el aprendizaje no lineal y autodirigido que ocurre cuando los individuos o grupos de individuos tienen la responsabilidad principal de determinar el qué, dónde, cuándo, por qué y con quién del aprendizaje.” (Dierking, L, "Las familias, los adultos y los niños en entornos de aprendizaje de selección libre" en Simposio Internacional de Educación en museos. La aportación educativa de los museos a la sociedad. Museo de Arte de Ponce, Puerto Rico, 2009, p.1.)
Nota (3): Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles, Buenos Aires, Minotauro, 1984, p. 76. 

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